El restaurante podría, y debería,
haber sido otra cosa: un buen entorno, la playa cerca, facilidades para aparcar…Pero
el dueño se había emperrado en convertir aquello en un sitio infecto al que
ya solo acudían las cucarachas, unos insectos hermosos, lustrosos, unos bichos
que se movían con plena soltura entre las mesas y las sillas, la barra y la
cocina. Poco a poco, los escasos humanos que por allí se acercaban acabaron
huyendo despavoridos en busca de una competencia más higiénica. Un buen día, un
lugareño y antiguo cliente puedo apreciar que de buena mañana salían del interior del restaurante
unos hombres hermosos, lustrosos, por lo que solo pudo aventurar una conclusión que intuía irrefutable:
como en aquella obra maestra de Kafka, pero a la inversa, los insectos mutaron
en humanos, en unos improvisados Gregorios Samsa. Toda una metamorfosis. ¿O
mejor transformación?
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jueves, 13 de octubre de 2016
sábado, 17 de septiembre de 2016
El rubor
El chico de la farmacia acudió
raudo a la despensa para despachar la receta que le había sido mostrada. Pero no
era fácil de encontrar, pues Cialis no era un analgésico o un antiinflamatorio
que se vendiese a porrillo, y cada empleado lo ponía, a modo de escondite, donde más le apetecía. El
cliente se impacientaba, por lo que ya no era un paciente sino todo lo
contrario. Cuando el dependiente llegó con la cajita, el hombre dijo, con la
cara enrojecida, que aquello no era para él, que era para su padre. Ante esa
excusa no solicitada, otro empleado de la farmacia que contemplaba la escena no
pudo menos que sonreír y decir al cliente que el enrojecimiento facial aparecía
después de tomar esa medicación, nunca antes.
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